KM 0. Ave César, venimos a meter las patas en la fuente
Ave César, a los Astros y Estrellas del Cine,
llega esta cabecita desteñida para meter las patas en la fuente.
No es mi fuente, pero tampoco la suya. Es de
todes.
Todes mojamos nuestra impúdica humanidad en esta
fuente vanagloriada de estrellas y óscares, nos movemos y salpicamos.
Yo vengo a mojar mis patas en la fuente para incomodar.
Para dejar el rastro de la tierra que tengo pegada en
las plantas de los pies.
Después de mucho andar por esta vida, de golpes,
caídas, bellezas, amaneceres, horrores y placeres, tomé la decisión más sabia
para mi persona, que es la de darle rienda suelta al vómito rojo intenso de
ganas de decir cosas a través del arte.
A través del cine.
Ya caminé muchos
caminos que al final, me han conducido a este punto.
Ya me desconozco. Por
la que fui, por la que soy y por la que seré.
Por ese motivo,
litigando con la pequeña burguesa que me habita, busco ese salvajismo primitivo
que me permita ver el mundo con menos grises.
O con más colores.
Me busco a mí misma,
trato de descubrirme en este viaje que se inicia.
No esperen grandes
cosas de este humilde blog.
No esperen grandes cosas de quien escribe; a veces en su encendida cólera logra algunos remates que lanzados al viento ya no le pertenecen; a veces en su paz premeditada contiene batallas inmensas. Otras batallas gozan de paz.
El ojo rojo aflora.
Éste el recorrido de
una estudiante de cine, es la continuidad en su proceso a través de
instantáneas del viaje.
Es su raccord educativo
teñido del tiempo cronológico que la habita.
Ahora. No antes. No
después.
Son ensayos de
escolaridad en el campo cinematográfico.
Lleno de errores,
contradicciones, sin saberes y cabezadureces.
Busco los desacatos
ante las injusticias para no perder la capacidad de respirar.
Me siento cómoda en la
incomodidad.
Tomo mis errores como
una acción premeditada de la cual desconozco los motivos. Solo el tiempo me da
respuestas.
Cuando pensé los
caminos de la educación llevé mi morral verde y desde allí, fui pensando,
construyendo, rabiando, colaborando, para que la educación intercultural sea
una realidad y una política pensada. Fueron ensayos y ensayos sobre lo que
acontecía en el mundo escolar que habitaba.
Ahora, para esta
continuidad imperfecta elijo descaradamente el color rojo que me incita en
época de pandemia.
Porque el rojo es la
sangre, es el sexo, es el peligro, es la atracción, es el pecado, es la guerra
y también la agresividad. Pero también es la buena fortuna, la felicidad y
la celebración, que es lo que espero de esta etapa.
Es el rojo del otoño
que me habita al comenzar a cubrirse mi cabello de plateadas canas.
Busco la exaltación de
la vida a través de las historias.
La década anterior en la que habité los fines de mis treintas hasta el final de mis cuarentas fue del
Morral verde, y esta década será del Ojo Rojo.
Otras décadas fueron de color naranja; de color negro, y la primera indefinida entre un azul o un rosa.
Veremos por donde nos
lleva este rojo camino.
Brindemos por éso.

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